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Adiós, esposo mío. Me voy con nuestra hija

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Multimillonario

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Introduction

Durante siete años, Rose Bennett fue la esposa secreta de Ryan Knight. Mientras todo Nueva York daba por hecho que Samantha Hikk se convertiría en la señora Knight, Rose soportaba en silencio un matrimonio sin afecto con un hombre que nunca la había amado. Hasta que una noche Samantha llega embarazada al servicio de urgencias donde trabaja Rose… y es Ryan quien la acompaña y la protege. Esa noche, Rose deja de amarlo. Lo que Ryan nunca supo es que Rose había dado a luz a una hija suya años atrás, después de que él rechazara sin vacilar tanto a la madre como a la niña. Así que Rose se marcha con apenas dos maletas, una hija cuya existencia ha mantenido en secreto y los pedazos de una vida que tardó siete años en romperse. Pero la mujer que Ryan dejó de lado no es una esposa cualquiera. Rose es la mente brillante que se oculta tras Aetheris Medical AI, el revolucionario sistema que está a punto de transformar la medicina para siempre. A medida que Rose llega a lo más alto y se convierte en una mujer intocable, poderosa e irreemplazable, Ryan comprende por fin una verdad devastadora: No perdió solo a una mujer que lo amaba. Perdió a la única mujer a la que él llegaría a amar. Y, para entonces, ni siquiera su hija lo llama papá.
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Chapter 1

¡Bang!

La puerta de la clínica se abrió de una patada y se estrelló con violencia contra la pared.

La punta del bolígrafo de Rose apenas había rozado el papel cuando el estruendo le hizo dar un respingo. Una línea irregular atravesó el contrato.

Se quedó inmóvil un instante. Después levantó la vista...

Y se encontró con los ojos de su esposo, Ryan Knight.

Llevaba la bata de seda abierta y desarreglada. Había sangre —oscura, pegajosa, inconfundible— en el cuello de la prenda, en sus brazos e incluso entre sus dedos.

Cargaba a una mujer. El camisón de ella estaba empapado hasta el dobladillo, y de sus labios escapaban débiles gemidos entrecortados.

En los siete años que llevaban casados, Rose jamás había visto a Ryan así. Desaliñado. Presa del pánico. Completamente fuera de sí.

Y todo aquello... por otra mujer.

Una enfermera entró corriendo detrás de él e intentó cerrarle el paso.

—¡Señor, no puede entrar así!

Luego se volvió hacia Rose con expresión apremiante.

—Dra. Bennett, es probable que la paciente tenga un desgarro vaginal con hemorragia abundante. La llevaré a urgencias...

Ryan la ignoró por completo.

Clavó los ojos en Rose. Su mirada era inflexible; su voz, ronca y autoritaria.

—Ayúdala.

Rose apretó el bolígrafo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Veinte minutos antes.

La clínica estaba en silencio. Solo se oía el leve zumbido del ventilador de una computadora.

Frente a Rose se extendía una pila de documentos. En la primera página, varias palabras aparecían rodeadas con tinta roja:

«Acuerdo de transferencia de acciones».

Junto a los documentos descansaba una fina hoja de papel: el certificado de nacimiento de su hija, Ariel. De tanto tocarlo, los bordes estaban desgastados y suaves.

En la pantalla de la computadora, una niña con dos coletas se alzaba de puntillas para acercarse a la cámara. Tenía los ojos tan brillantes que parecía que fueran a salirse de la pantalla.

—Mami, ¿es verdad? ¿De verdad voy a ir a verte? ¿Por fin voy a conocer a papi?

Los dedos de Rose se detuvieron sobre el documento y una leve sonrisa asomó a sus labios.

—Mmm. Pronto.

Pero no contestó la pregunta sobre su padre.

La niña ni siquiera lo notó. Estaba demasiado emocionada.

—¡Yupi! ¡El tío Caleb dijo que me va a comprar la maleta más grande de todas! ¡Voy a llevarme todos mis juguetes!

Caleb Byrne aparecía en un extremo de la imagen, con una expresión tan sombría que costaba mirarlo.

Apoyó una mano con suavidad sobre el hombro de la niña y habló en voz baja.

—Rose, ¿de verdad estás segura? La empresa salió a bolsa hace apenas tres meses. Si transfieres ahora tus acciones, el Dr. Hale va a perder la cabeza. Eres la alumna que más valora. Ya lleva bastante tiempo frustrado porque insistes en mantenerte lejos de los focos.

Siete años atrás, una revolucionaria plataforma llamada IA médica Aetheris había sacudido la industria.

Por sí sola, había convertido una startup desconocida en una empresa que cotizaba en bolsa y había llegado a ser una de las tecnologías médicas más influyentes de Estados Unidos.

Y su creadora...

Era Rose Bennett.

Junto a su mentor, el Dr. Nathan Hale, había digitalizado décadas de investigación farmacéutica, estudios de casos clínicos y datos de tratamientos.

Y ahora... estaba dispuesta a renunciar a todo.

—Lo sé, Caleb —respondió con evasivas.

Volvió a mirar el certificado de nacimiento. En concreto, el espacio en blanco bajo la palabra «Padre».

Llevaba cinco años vacío.

Aquello no podía continuar.

—Caleb, sé que habrá consecuencias. No quiero decepcionar a Hale, pero Ariel ya tiene cinco años. No debería seguir escondida. Merece conocer a su padre... Y quizá... él también merezca saber que existe.

Hasta ella percibió la duda en su propia voz.

Al otro lado de la pantalla, Ariel se animó en cuanto oyó su nombre y el de su padre. Se acercó aún más a la cámara, con los ojos llenos de ilusión.

—Mami, ¿estás hablando de mí? ¿Y de papi? ¿Qué estás diciendo?

Los niños no comprendían el peso que se ocultaba tras las palabras de los adultos. Para Ariel, todo sonaba maravilloso. Su mirada luminosa y curiosa iba de uno a otro, y hacía imposible mentirle.

Caleb soltó el aire y esbozó una sonrisa forzada.

—Estamos diciendo que Ariel es la niña más bonita del mundo entero.

Después le cubrió las orejas con cuidado y miró directamente a Rose. Bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro, pero cada palabra ardía.

—¿Y él? ¿Tu maldito esposo, Ryan Knight, siquiera la quiere? No me digas que has olvidado lo que dijo.

La habitación quedó en silencio.

La sonrisa de Rose se borró.

Por supuesto que no lo había olvidado.

Siete años atrás, un matrimonio concertado para proteger la reputación de sus familias la había unido a Ryan. El acuerdo prenupcial era muy claro: siete años y, después, un divorcio sin complicaciones. Sin ataduras.

Ni siquiera había adoptado su apellido. Seguía siendo Rose Bennett.

Nadie sabía que estaba casada.

Nunca había esperado encontrar amor en aquel matrimonio.

Y, aun así, durante esos largos y fríos años, había ido entregándole el corazón poco a poco.

Ese era el único secreto que jamás le había confesado a nadie.

Pero había otro aún mayor, uno que se remontaba a seis años atrás.

Aquella noche inesperada.

Los dos habían bebido. Ninguno estaba preparado para lo que ocurrió. Cuando Rose vio las dos líneas en la prueba de embarazo, la alegría la desbordó.

Durante un instante breve e ingenuo, creyó que un hijo podría aportar algo de calidez a su relación.

Voló a París con los resultados en la mano. Se plantó frente a Ryan, intentando contener toda la emoción que sentía...

Y esto fue lo único que recibió:

—¿Por qué estás aquí? ¿Te ha visto alguien?

Era evidente. No quería que nadie supiera que tenía esposa.

—Te lo advierto —había añadido con frialdad—. No digas nada que no debas. Sabes perfectamente lo que somos.

A pesar de todo, Rose preguntó:

—Ryan... tu abuela quiere que tengamos un hijo. ¿Qué opinas?

Él no vaciló.

—No vamos a tener hijos.

Luego bajó la mirada por un instante hacia el vientre aún plano de Rose.

—Si estás embarazada, no importa quién sea el padre, deshazte de él. Y si esto es algún tipo de prueba, quiero dejarlo claro: no quiero un hijo.

No le había dejado espacio para ninguna ilusión.

Al menos no le había mentido.

Pero la verdad había dolido más que cualquier mentira.

Ryan odiaba aquel matrimonio. La odiaba a ella.

Por supuesto que nunca amaría a un hijo que lo uniera a Rose.

Debería haberlo sabido.

Después de aquello, no volvió a mencionar el tema. Se marchó sola a California, dio a luz a Ariel y la dejó al cuidado del Dr. Hale. La visitaba siempre que podía.

Y la mantuvo oculta durante cinco años.

Pero los niños crecían.

Y empezaban a hacer preguntas como: «Todos los demás tienen papá... ¿Dónde está el mío?».

Rose ya no podía seguir respondiendo con evasivas como «Está ocupado».

Veía cómo se apagaba la luz en los ojos de Ariel.

No podía permitir que su hija continuara esperando a alguien que jamás llegaría.

De lo contrario, algún día terminaría odiándola por ello.

Rose contempló el pequeño rostro de su hija, encajonado en la pantalla, y por fin tomó una decisión.

Repasó los documentos con rapidez, pasando una página tras otra para revisarlos por última vez.

—Sé lo que intentas decirme, Caleb. Pero tú también sabes que, tarde o temprano, tengo que volver con mi familia. Ariel merece tener a sus dos padres. Si no puedo quedarme en California, ceder la empresa es la mejor opción. Ya he conseguido todo lo que quería. Éxito, dinero, reputación... Nada de eso me importa.

Hizo una pausa.

—Hale lo entenderá.

Caleb abrió la boca, pero al final no dijo nada. Se limitó a soltar un fuerte suspiro, completamente frustrado.

Ariel, mientras tanto, solo había prestado atención a lo que le importaba.

—¡Mami! ¡Papi! ¡Papi! Voy a conocer a papi, ¿verdad?

Rose no pudo evitar reír. Su mirada se llenó de una ternura que rara vez mostraba.

No le respondió directamente.

Pero asintió.

Por primera vez, le dio esperanzas a su hija.

Aunque no fuera más que una apuesta...

Aunque la posibilidad fuera mínima...

Quería creer que Ryan no era tan frío.

Que podría aceptar a su hija.

Que quizá también podría aceptar... el amor que Rose había guardado en el corazón durante siete años.

Respiró hondo, pasó a la última página y destapó el bolígrafo.

¡Bang!

Un estruendo ensordecedor interrumpió el momento cuando la puerta se abrió de golpe.

La enfermera confundió el silencio de Rose con la conmoción y explicó, incómoda:

—Todos los médicos de urgencias que están de guardia hoy son hombres, así que...

Así que su esposo no soportaba la idea de que otro hombre examinara a su amante...

Pero no tenía ningún problema en obligar a su esposa a hacerlo.

Rose no podía comprenderlo.

Ni siquiera aferrándose a su profesionalidad podía fingir que no entendía lo que había ocurrido.

Un hombre y una mujer. Ropa de dormir. Un desgarro vaginal.

La conclusión era obvia.

Por una vez, casi deseó no ser una médica tan competente.

A Ryan no pareció importarle. Se inclinó hacia la mujer que llevaba en brazos y le susurró con una ternura tan ajena a él que Rose apenas reconoció su voz.

—Tranquila. Pronto dejará de doler.

Rose apretó el bolígrafo hasta casi partirlo.

A su espalda, la pantalla de la computadora portátil seguía encendida.

Ariel vio cómo cambiaba la expresión de su madre y gritó, inquieta, con su vocecita clara y aguda:

—¡Mami! ¿Qué pasa? ¡¿Ese es papi?! ¡Papi! ¡Papi!

Ryan se quedó rígido.

Como atraído por una fuerza invisible, dirigió la mirada hacia la computadora abierta.

Pero Rose fue más rápida.

¡Clac!

Cerró la pantalla de golpe.

Después recogió a toda prisa los documentos sin firmar y los estrechó contra el pecho, ocultando las palabras más importantes.

Todo lo que acababa de decidir revelar...

Volvía a quedar oculto.

Ryan miró la computadora, luego las manos de Rose y, por último, su rostro. Una sombra de sospecha cruzó sus ojos.

—¿Con quién estabas hablando?

Rose le sostuvo la mirada. Su voz fue fría y firme.

—Con nadie.

Hizo una pausa.

—Solo con una pobre niña... cuyo padre murió.