Hutchinson estaba indignado y fuera de sí, hecho un energúmeno. Temblaba y echaba humo de las narices. Parecía un toro iracundo, dando bufidos, con la cara pintada de rojo, como un tomate. Sus ojos estaban a punto de reventar igual a petardos de dinamita.
-Debe mucho dinero, señor Hutchison, es mejor se vaya-, le dijo el cajero, sin embargo, tratando de mostrarse calmo y sereno.
-¡¡Yo sabré cuándo me voy, no me trate como a un niño!!-, vociferó el viejo Hutchison alterado, sulfurado y con la ira explotando en sus ojos.
El dueño del casino llegó de prisa alarmado por los alaridos que daba Hutchison, pegando puñetazos en las tablas, pateando las sillas y alterando a los otros apostadores que se empinaban para verlo convertido en una fiera enjaulada a punto de cometer una locura.
-Ya no tiene crédito, señor Hutchison-, le dijo el dueño del casino, pero el anciano no entendía razones. Lo tomó de las solapas al gerente y lo zarandeó parecido a un muñeco o un títere destartalado. -Yo quiero seguir jugando, y eso a ti no importa, canalla-, le sopló su ira en la cara del dueño del casino.
-Está bien, está bien, está bien, se rindió el gerente, fírmeme usted un pagaré por todas sus deudas y le permitiré seguir jugando-
Hutchison sonrió mientras su corazón se desaceleraba y su rostro se despintaba lentamente. Le arregló la camisa además al sujeto, mostrándose paternal.
-Apuesto mi empresa, todos mis negocios, ya estoy viejo, ya no me interesa mi imperio, mis hijos me odian, solo les importa gastar mi dinero-, alzó el mentón Hutchison, sonriente de seguir dando rienda suelta a su pasión por las cartas.
El dueño del casino no quería problemas ni más escándalos en su local. -Ya, ya, ya, firme el documento y denle fichas al señor-, resopló su angustia, pasando las manos por el sudor que le duchaba la cara. Hutchison se dio vuelta y se marchó a una mesa donde jugaban otros tipos entre risas y maldiciones.
-¿Qué hará con el pagaré?-, se interesó el cajero.
El dueño del casino secó su rostro encharcado de sudor. -Dársela al primer incauto que encuentre-, exhaló. el gerente estaba aún estremecido por la furia de Hutchison pintando de ira su atribulada mirada.
*****
-Lo siento, señorita-
-No, no hay vacantes-
-Necesita más experiencia, lo sentimos-
-Pedimos títulos, diplomas y dos idiomas, usted no reúne los requisitos, lo sentimos mucho-
-La llamaremos, no se preocupe-
-Cualquier cosa que se presente, nos comunicaremos con usted, pierda cuidado-
-Por ahora no, señorita, quizás más adelante, no se desanime-
-Es usted muy joven, venga de nuevo en un par de años-
-No es la que queremos, váyase-
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Todas las puertas se me cerraban. Una tras otra otra, inclementes, despiadadas, malvadas y hasta desalmadas, aunque esos tablones que empecé a aborrecer con todas mis fuerzas, obviamente no tienen alma. Yo ya llevaba dos años, enteros, buscando un trabajo y lo único que encontraba eran portazos castigando una y otra vez mi pobre naricita. Mis hojas de vida colmaban escritorios de gerentes de muchas empresas y los únicos y reiterados mensajes que encontraba en mi móvil eran amenazas de que si no pagaba, me quedaría sin crédito o amenazándome de embargos. Ni siquiera me escribían mis amigas al móvil informándome de alguna oportunidad de trabajo, por más que les supliqué de rodillas que me ayudaran. Ninguna me tendió la mano. Quedé decepcionada de mis amistades a quienes pensaba incondicionales y leales. Por eso, Fransheska, mi amiga desde la infancia, me alentaba que mejor era cambiar de rumbos y estudiar otra carrera.
Soy licenciada en mercadotecnia y, luego de tantas decepciones, estoy convencida que Fransheska tenía razón de que me equivoqué de profesión. Yo pensaba que sería fácil encontrar trabajo en esa especialidad que había elegido pero al final resultó todo lo contrario. Las empresas tienen sus propias estrategias de comercio y ventas, la mayoría de ellas convencionales, y eso hace difícil abrirse paso en ese rubro, bueno para mí lo había sido o simplemente, no tuve la suerte en lo que yo quería trabajar.
En todo este tiempo sin empleo tuve que hacer muchas cosas para ganarme la vida. Cajera, anfitriona, surtidora en un grifo, vigilante en una empresa periodística y asistenta de administración, pero ninguno eran lo mío y al final no me gustaron y los dejé. A mí me entusiasman los grandes mercados, el capitalismo, tengo diseñadas cientos de metodologías en recursos para el éxito en ventas, exportaciones e importaciones y me siento capaz de emprender grandes retos. Sin embargo mi entusiasmo siempre rebotaba con esos portones que eran tan o más herméticos que las grandes murallas de la antigüedad.
-Tú eres muy inteligente Paola, ¿por qué no estudias secretariado ejecutivo? Estoy segura que encontrarás empleo de inmediato-, me sugirió Fransheska, mientras tomábamos un café y mordíamos unas deliciosas tostadas en una cafetería en el centro de la ciudad.
El problema es que soy muy competitiva y no me gusta estar metida en una oficina, pegada a un escritorio y obedeciendo a un fulano o a una mengana. Soy impetuosa, decidida y arriesgada. Me encanta el trabajo en el campo e imponer mi estilo de trabajo.
-Ya es tarde para eso-, renegué.
-Nunca es tarde en la vida, amiga, me insistió Fransheska, en todo caso, búscate un hombre con mucho dinero, y listo, ya eres feliz je je je-
Es lo que no me gustaba de Fransheska. Jamás se complicaba la vida. Ella optaba siempre por las salidas más fáciles. Y los hombres son una puerta abierta a sus ambiciones. Ella ha tenido catorce novios, va por el quince y aunque casi todos le han pedido matrimonio, ella prefiere seguir siendo soltera, jugando con esos tipos, aprovechándolos y viviendo a sus costillas. Ella es odontóloga, pero que yo sepa no ha curado carie alguna ni ha hecho alguna extracción ni ha practicado jamás, siquiera, una ortodoncia. Sin embargo siempre viste a la moda, luce carísimos zapatos, conoce el mundo entero y sus manos están repletas en forma sempiterna de joyas.
-Lo que haces está mal-, le digo siempre a ella, pero a Fransheska no le importa. -La vida es corta, amiga, hay que aprovecharla-, me dice, coqueta, riéndose y lanzando sus pelos al aire.
Obviamente Fransheska es mala influencia para mí. Yo quise hacer lo mismo que ella. Fue cuando me echaron de la empresa periodística donde era vigilante. Ay, vestía una horrible blusa celeste, una corbata que me ahorcaba y una gorra fea que apenas cabía en mi abundante pelo. Mi trabajo era anotar salidas y entradas de vehículos y por andar coqueteando con un sujeto que ocupaba un alto cargo en la gerencia y que estaba, supuestamente, muy interesado en mí, se llevaron computadoras y otros enseres y pues, las cámaras de vigilancia, me delataron de que no estaba vigilando nada por andar de arrumacos y besos con se tipo. Quedé patitas en la calle.
-Tú tienes la culpa de lo que me ha pasado-, le reclamé entonces a ese sujeto, aunque la verdad era yo quien pretendía aprovecharme para ocupar un cargo en las oficinas de márketing.
-Lo siento, Paola, pero lo nuestro acabó-, fue lo que me dijo ese tipo. Así como lo leen. Ni siquiera habíamos comenzado y él le puso el punto final a la relación. Me dio coraje, pero igualito, me quedé sin empleo.
-No seas tonta, me reclamó Fransheska, no se trata de decirle que es un tarado, sino que te lleve a la cama-
¡¡¡Miren a esa mujer!!! Me molesté con ella. -Eres una desvergonzada, eso es lo que eres-, le aclaré alzando mi naricita.
-Y tú una cucufata-, tuvo la osadía decirme mi mejor amiga.
De remate el hotel donde hacía de anfitriona, cerró. Eso fue durante la pandemia. No lo voy a olvidar. El gerente llamó a todo el personal y nos dijo que, debido a la inamovilidad social, no podían seguir operando y por ende, quedábamos todos sin empleo. -Pero no se preocupen les daremos recomendaciones para que puedan encontrar rápidamente trabajo en otros hoteles y hospedajes-, nos animó el tipo, viendo nuestras caras desalentadas, al borde del llanto quedándonos literalmente en la calle.
Aún tengo la carta de recomendación, metida en una maleta. Me da risa cuando la leo: "la señorita Paola Strömberg es una empleada eficiente, capaz y sobresaliente", decían apenas las dos líneas tipiadas en una hoja con el membrete del hotel. Jamás la usé, para nada.