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La herencia

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En proceso

Realismo Urbano

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Introducción

En 2006, tras la muerte de sus padres, Pilar, Gloria y Adela, heredan su piso. En el momento de venderlo para repartir la herencia no se ponen de acuerdo, llegándose a alargar tanto el proceso que acaba coincidiendo con la explosión de la burbuja inmobiliaria. Un relato muy actual que describe los conflictos familiares ante una herencia y desgrana los problemas de la crisis y corrupción del sistema político y financiero de nuestro país.
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Chapter 1

La mañana era gélida, y a pesar de ser casi mediodía, la niebla con la que había amanecido aún no se había disipado del todo. Aunque habíamos salido con tiempo suficiente, para llegar a tiempo a la cita que habíamos concertado en el despacho de abogados, donde me reuniría con mis hermanas, el tráfico era tan lento a causa de la poca visibilidad, que llegábamos tarde.

—Espero que no seamos los únicos que llegamos con retraso —le dije a mi marido.

—Con esta niebla, no creo que nadie llegue puntual a la reunión. Es posible que hasta los abogados lleguen tarde y seamos nosotros los que tengamos que esperar. Son imprevistos con los que no se cuenta.

—A ver si tenemos suerte y encontramos un aparcamiento cerca.

—Eso será muy difícil en esta zona, y a esta hora es misión imposible. Será mejor que te deje en la puerta y vayas subiendo, mientras yo busco donde aparcar. Nos encontraremos arriba.

—De acuerdo, es una buena idea.Juan paró el coche frente al bufete de abogados, bajé y tras cerrar la puerta del vehículo, este arrancó de nuevo, desapareciendo tragado por la niebla.

Llamé al timbre del bufete y le dije a la recepcionista que contestó al interfono quién era. Me abrió la puerta y cuando entré en el vestíbulo vi a Pilar y a Lola esperando frente al ascensor.

—Hola, llego un poco tarde, pero veo que vosotras también acabáis de llegar.

—Sí hija, con esta niebla el tráfico está fatal. ¿Has venido sola?

—No, Juan me ha dejado en la puerta y ha ido a aparcar. A estas horas es imposible encontrar aparcamiento cerca.

—¿Y vosotras?, ¿no han venido Pedro y Manolo?

—Sí, pero se han quedado en la cafetería de la esquina a tomar un café mientras nosotras estamos reunidas con los abogados. Dicen que esto es un asunto nuestro y que ellos quieren mantenerse al margen.

—Pues subid vosotras, que yo me quedo a esperar a Juan para decirle dónde están Pedro y Manolo, seguro que preferirá unirse a ellos. Él también es de la opinión que esto es asunto nuestro. ¿Sabéis si ha llegado Adela?

—No, pero si ha venido directamente después de dejar a Jorge en el colegio, seguro que estará arriba.

Llegó el ascensor y se dispusieron a subir. —Hasta ahora, nos vemos arriba. En cuanto llegue Juan estoy con vosotras. No creo que tarde mucho.

Esperé casi diez minutos a que llegara Juan.

—¡Si que has tardado!

—Ya te lo he dicho, esta zona está fatal para aparcar; he dado dos vueltas y al final lo he tenido que dejar dos manzanas más abajo. ¿Cómo es que aún no has subido?

—Te esperaba para decirte que Pedro y Manolo están en la cafetería de la esquina, por si quieres reunirte con ellos.

—Pues sí, no es mala idea. Allí os esperamos hasta que acabéis. Mientras me tomaré un café a ver si entro en calor.

Mientras hablábamos, había llamado al ascensor que acababa de llegar, justo cuando Juan salía.

—Hasta luego —le dije mientras abría la puerta del ascensor—. Entré y presioné el botón de la tercera planta. La puerta del bufete estaba abierta y la recepcionista me indicó la sala donde estaban reunidos. Allí, sentados alrededor de una gran mesa, estaban todos esperándome. Tal como habían dicho Pilar y Lola, Adela había llegado la primera.

Mi hermana Adela tiene 45 años y es la más joven de las cuatro. Tiene dos hijos, una chica en la universidad y un niño en edad escolar.

—Buenos días. Siento haber llegado tarde, el tráfico es caótico. Adela, creo que eres la única que has llegado puntual.

—Sí, he llegado incluso antes que los abogados. Cuando he visto tanta niebla, he pensado que el trafico estaría complicado. Con tan poca visibilidad, puedes incluso encontrarte con algún accidente. Así que, después de dejar a Jorge en el colegio, he venido directamente hacia aquí.

—Bueno señoras, ante todo les trasmito mi más sentido pésame por el fallecimiento de sus padres. Habrá sido un duro golpe para ustedes, perder a ambos, en tan corto espacio de tiempo.

—Gracias —contestamos.

—Entonces, ahora que están presentes todas las partes interesadas, si les parece bien, daremos lectura a las últimas voluntades de su madre, que a la muerte de su padre, pasó a ser la heredera de este.

—Sí, por favor, puede dar comienzo —dijo Pilar, mi hermana mayor, que era la portavoz.

Leyó el testamento, no hubo ninguna sorpresa. Mi madre antes de morir, ya nos había dicho que quería que sus pertenencias, se repartieran a partes iguales entre las cuatro hermanas.

Mis padres no poseían ninguna fortuna, solo el piso en el que vivían y algo de dinero en el banco, que gracias al trabajo de mi padre y a la buena administración de mi madre, habían logrado ahorrar, con el objetivo de poder pagar una persona que les cuidara cuando fueran mayores, sin tener que recurrir a nosotras.

Nunca quisieron ser una carga para sus hijas, ni física ni económica. Solo en caso de máxima necesidad, como cuando ingresaron a papá con un ataque de corazón, o le operaron de la hernia y de cataratas, acudieron a nosotras. Mi hermana Pilar, a la que ya se le habían casado los hijos y tenía espacio suficiente para alojarlos en su casa, siempre les decía:

—Pero mamá, ¿por qué no os venís a mi casa? Tú y papá os estáis haciendo mayores y no tenéis por qué estar solos. Y yo tengo sitio de sobras.

—No hija, no. Nosotros estamos bien aquí. Las personas mayores vamos a nuestro ritmo, y tenemos nuestras manías y rutinas. No nos adaptamos bien a los cambios, y no debemos imponeros a vosotros una alteración en vuestra forma de vida.

—Pero mamá, yo estaría más tranquila si estuvierais en mi casa.

—Podéis estar tranquilas tú y tus hermanas, estamos bien. La señora Amparo es un ángel y nos cuida muy bien.

—Sí, durante el día, ¿pero y si os pasa algo durante la noche y no atináis a llamarnos?

—Si nos ocurriera algo de noche, utilizaríamos el medallón de la Cruz Roja, que nos trajo Gloria. Solo tenemos que presionarlo, y enseguida se ponen en contacto con nosotros. Ellos os avisarían. Además, nos llaman tres o cuatro veces a la semana, casi siempre a la hora de irnos a dormir, para saber cómo estamos. Esto es un gran servicio, porque en el caso de caernos y no poder acceder al teléfono, con solo presionar el botón del medallón, contactan en seguida.

—Ya veo que lo tienes todo controlado. Si preferís estar en vuestra casa, no insistiré más, pero que sepáis que siempre podéis venir a mi casa si algún día lo necesitáis, o cambiáis de opinión.

—Gracia hija, tú ya estas bastante liada con tus nietos. Vosotros vivís lejos y nosotros tenemos los médicos aquí; sería un trastorno para vosotros cada vez que tuviéramos que ir al médico, que por cierto, es bastante a menudo.

—Mamá, podemos cambiaros el médico a nuestro municipio.

—Sí, ya lo sé, pero estamos acostumbrados al nuestro. Hace un montón de años que le conocemos y le tenemos mucha confianza.

Mi madre era consciente de la complejidad de la vida actual. En su generación, el rol de la mujer era el de ama de casa y el cuidado de la familia, especialmente de los niños y de los mayores, que eran los más vulnerables. En las casas, convivían dos o tres generaciones, con lo que los abuelos y los niños siempre estaban atendidos por la mujeres de la casa.

Actualmente, las familias no comparten vivienda y con la incorporación de la mujer al mundo laboral, cada vez es más complicado que el cuidado de los niños y de los mayores lo asuma la familia. Los niños van a la guardería y los abuelos a la residencia para la tercera edad.

No es que sea mejor o peor, simplemente es diferente. La vida evoluciona y todo cambio tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La mujer ha logrado su independencia, desarrollando roles que en generaciones anteriores eran exclusivamente para los hombres, ganando así su propia autoestima, sustento e independencia. Nadie es realmente libre, si depende económicamente de otra persona.

Antes, si un matrimonio no funcionaba, a la mujer no le tocaba más remedio que aguantar. ¿Dónde iba?, ¿de qué vivía? Dependía económicamente del marido. Algunos, conscientes de su supremacía y con una arraigada cultura machista, muchas veces sometían a las mujeres, casi a la categoría de sirvientas, sin voz ni voto para decidir. Las decisiones importantes las tomaban ellos. Para eso eran los hombres de la casa, y en el peor de los casos, si el marido era una mala persona, podía convertirse en un tirano y hacer que la vida de su mujer fuese un verdadero infierno.

Al menos ahora, se está más en igualdad de condiciones. Claro que aún no se ha logrado la igualdad total. En algunos hombres, el machismo está tan enraizado que les cuesta asumir según qué papeles... Y a pesar de que la mujer aporte a la familia la misma cantidad económica, y esté en el trabajo la misma cantidad de horas que el marido, la mayor parte de las tareas del

hogar, siguen recayendo sobre en ella. Hay hombres que se vanaglorian de ayudar a sus esposas en las tareas de la casa y el cuidado de los niños. No es ayudar, lo correcto sería compartir. Solo desde la igualdad puede existir justicia.

También la mujer ha contribuido en buena parte a alimentar el machismo. Las madres, no educaban igual a los hijos que a las hijas. Y no me refiero solo al servilismo, que eso estaba más que asumido. En la casa donde había hermanos de ambos sexos, las chicas se convertían en criadas de los hermanos varones. Esto podía estar justificado mientras las mujeres permanecieron en casa. Pero eso se mantuvo a lo largo de los años. Después de que la mujer empezara a trabajar fuera, en fábricas, comercios o servicios domésticos, que era a lo único a lo que tenían acceso, porque la preparación superior también estaba reservada al hombre, se seguía sirviendo al varón como si fuera el rey de la casa.

También en los derechos y libertades, había dos raseros distintos para medir la moralidad del hombre y la de la mujer. Las madres daban total libertad a sus hijos para entrar y salir. Nunca se criticaba a ningún chico porque volviera tarde a casa o saliera con muchas chicas. Al contrario, esto parecía aumentar más su hombría. En cambio a las hijas, se les controlaba la hora de entrada y salida, y si una chica volvía tarde a casa o salía con algunos chicos, era criticada por las propias mujeres, que la trataban de mujerzuela o en el mejor de los casos de casquivana.

La emancipación de la mujer no ha sido gratis, nada lo es, y el precio lo pagamos todos. Nuestros mayores, que después de una vida de trabajo y sacrificios para criar a sus hijos en tiempos muy difíciles, ahora se ven privados del cariño y cuidados de sus familiares, pasando al cuidado de manos asalariadas, que a pesar de ser personas preparadas profesionalmente y hacer una gran labor social, no es lo mismo que estar en casa. Se les aparta de su entorno y se sienten desarraigados.

También los niños y sus madres pagan un alto precio. Las madres, tienen que dejar a sus bebés al cuidado de otras personas, renunciando a veces a la lactancia, y perdiéndose una de las etapas más bonitas de sus hijos. Y estos a su vez, no pueden disfrutar de los cuidados de sus mamás, pasando a formar parte de un colectivo.

Mis hermanas Pilar y Adela vivían en otros municipios a treinta y cuarenta kilómetros de distancia, y aunque Pilar ya estaba jubilada, cuidaba de sus nietos para que sus hijos pudieran trabajar. Adela todavía trabajaba. Julia, su hija mayor, que estaba cursando el segundo año de carrera, aún no se había independizado, y Jorge solo tenía 10 años, con lo que todavía necesitaba mucha atención.

Mi hermana Lola era la que vivía más cerca de mis padres. No tenía hijos, y como su trabajo era solo de media jornada, pasaba diariamente para ver cómo estaban y hacerles un poco de compañía.

Yo vivía un poco alejada del barrio de mis padres, y además tenía una vida muy complicada. Clara, mi hija más joven, con dos niños de corta edad, tenía graves problemas de salud, que no solo le impedían trabajar, sino que provocaban que se viera imposibilitada para cuidar a sus hijos y llevar las riendas de su casa. La enfermedad de Clara, sumió a su marido en una terrible depresión, de forma que no podía atender su negocio, que era su única fuente de ingresos. Se buscó un profesional que realizara el trabajo de mi yerno. Y yo, gracias a mis estudios de decoración, asumí el de Clara. Con el trabajo en la empresa, el cuidado de ambas casas y de los niños, no me quedaba mucho tiempo para dedicarme a mis padres. Cada día hablaba con ellos por teléfono para ver cómo estaban. Y aunque les hacía una corta visita semanal, me sentía culpable por no poder dedicarles más tiempo.

Fue un periodo muy duro en el que tuvimos que tomar decisiones igualmente duras. Física y emocionalmente había llegado al límite, estaba arriesgando mi propia salud. Así que decidimos cerrar la empresa y vivir las dos familias con el sueldo de mi

marido, que tuvo que buscarse un segundo empleo para hacer frente a la nueva situación, hasta que le concedieran a Clara una pensión por incapacidad.

Mis padres tenían una señora que les hacía la limpieza una vez por semana, y a la señora Amparo, que iba cada día de 9 a 2. Ella ayudaba a papá a levantarse y en su aseo diario. Les preparaba el desayuno, hacía la compra, les acompañaba al médico, les preparaba la comida y se aseguraba de que se alimentaran adecuadamente, procurando siempre hacerles una comida variada y agradable.

Cada día, antes de irse, les servía el almuerzo y recogía la cocina, pues mamá era muy ordenada y no le gustaba tener los platos sucios de un día para otro, ni la cocina desordenada.

Lola solía ir cada tarde a verles y a hacerles un rato de compañía. Pilar, Adela y yo les llamábamos a diario.

La señora Amparo, aparte de ser para ellos una gran ayuda, era una persona dulce y cariñosa, que les trataba con ternura, les hacía compañía y los entretenía. Jugaba con ellos al parchís y a las cartas, y aún que mi padre a veces se perdía, ella con una paciencia infinita, se lo explicaba una y otra vez. De vez en cuando le dejaba ganar, cosa que hacía a papá inmensamente feliz. Mis padres le cogieron un gran cariño, especialmente papá, que siempre le preguntaba a mamá qué parentesco les unía a aquella persona tan buena, que tanto les quería y ayudaba. Aunque mamá le explicó repetidas veces que no era de la familia, creo que él nunca lo entendió; la quería como a una hija. Nunca le agradeceremos bastante a la señora Amparo el amor y el cuidado que les dio.