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Renació la esposa abandonada del multimillonario

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Multimillonario

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Introduction

Ella era la famosa —y vergonzosa— Alana Wilson, la hija deshonrada de la familia Wilson. Su reputación se vino abajo después de romper su compromiso con su prometido, Albert Harris. Todos la señalaban con el dedo, llamándola infiel. Pero en realidad, ¿quién era el verdadero infiel aquí? Alana estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para romper su compromiso con Albert, incluso si eso significaba sacrificar su propia reputación. Diez años de maltrato en su vida pasada habían sido suficientes. Esta vez, se aseguró de que jamás volvería a casarse con ese desgraciado infiel. Ahora que Lorenzo Miller —su antiguo amor y el mejor amigo de su hermano— ha regresado al país, ¿qué ocurrirá con la vida ya de por sí caótica de Alana?
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Chapter 1

El sonido de una bofetada retumbó en la amplia habitación. Alana se quedó inmóvil, con el corazón hecho trizas, igual que los pedazos del jarrón que Albert había lanzado al piso.

“¿Me pegaste?” En su rostro había una incredulidad absoluta. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, sin saber si por la hinchazón de su mejilla o por las acciones de Albert.

“Sí, te pegué.” Albert apretó los puños a los costados. Tenía el rostro enrojecido y las venas de las sienes marcadas mientras intentaba contener su furia. Dijo entre dientes: “Me traicionaste.”

Alana se estremeció. Sintió el corazón desgarrarse, como si alguien se lo arrancara del pecho y lo pisoteara. Trató de controlar la respiración y señaló a Cecil, que observaba todo con el rostro pálido, en silencio. “¿Es por ella? ¿Le creíste solo porque sí?”

“Si no fuera por Cecil, nunca habría sabido que estás escondiendo a un hombre a mis espaldas.” Albert le soltó las palabras como un gruñido. Su mano se alzó, a punto de golpearla otra vez para descargar su rabia.

Alana no se movió. Se quedó ahí, sin siquiera parpadear cuando la mano bajó hacia su mejilla por segunda vez. Pero Albert se detuvo a unos centímetros y dejó caer el brazo.

“No te atrevas a señalar a Cecil. Ella no es una mujer fácil como tú.” Sacó algo del bolsillo y se lo lanzó. Fotos se esparcieron por el piso. Había muchas, y en todas aparecía Alana.

Eran fotos tomadas en un hotel, captando una postura ambigua entre ella y un hombre. Alana reconoció al sujeto, y también recordaba perfectamente lo que había pasado en ese momento.

Albert retrocedió unos pasos hasta quedar junto a Cecil, a quien le frotó la espalda para consolarla. Alana seguía con la mirada fija en las fotos en el suelo. Él la observaba con frialdad, atento a cada cambio en su expresión.

“¿Unas cuantas fotos y ya le creíste todo?!” Alana levantó la cabeza de golpe. La desesperación de su rostro fue reemplazada por una risa repentina, que la hacía parecer una mujer fuera de sí.

Y quizá sí lo estaba. Había sido lo bastante loca como para quedarse con ese hombre durante diez años de matrimonio. Había hecho de todo para ayudarle a levantar su empresa, sacrificando su carrera y su felicidad. Y recién ahora entendía que ese hombre jamás la había visto de verdad.

“La prueba está ahí y todavía quieres negarlo.” La miró con asco.

Para Alana, ya casi todo estaba dormido por dentro, pero esa mirada aún la atravesó como una daga. Por ese hombre, que no creía una sola palabra de ella, había renunciado incluso a lo último que tenía: su dignidad. Y aun así, él no era capaz de dedicarle ni una mirada verdadera.

“Es posible que estas fotos sean un malentendido, igual que…” Cecil murmuró algo, pero Albert la interrumpió antes de que terminara, asegurándole que no tenía nada de qué preocuparse y que él la protegería.

Las voces de ambos se fueron desdibujando, pero sus gestos íntimos seguían viéndose con absoluta claridad a los ojos de Alana. Los observó con la mirada perdida, mientras la escena frente a ella se transformaba en otra completamente distinta.

Los aplausos la arrancaron de los recuerdos de su vida pasada, pero las dos figuras frente a ella seguían siendo las mismas.

La novia estaba deslumbrante. Su sonrisa y el leve rubor en las mejillas delataban su felicidad. Y la mirada del hombre, tierna y llena de adoración, era la envidia de todas las mujeres presentes.

O quizá no solo había dos personas recibiendo demasiada atención ese día: Cecilia Hart, la novia; Albert Harris, el novio; y por último, Alana Wilson, la mujer que había sido públicamente humillada por su supuesta infidelidad.

En ese momento, Alana estaba sentada sola en una mesa, perdida en sus pensamientos. Nadie le hablaba, y ella tampoco tenía intención de iniciar conversación con nadie.

«Es un milagro que haya tenido el descaro de venir aquí y presentarse en la boda de su exnovio.»

«Está dejando en ridículo a la familia Wilson.»

«Venir a la boda de su ex después de haberle puesto los cuernos.» Una de ellas negó con la cabeza y siguió murmurando. «Menos mal que el señor Harris al final encontró el amor de verdad.»

«Por suerte, el señor Harris no llegó a casarse con ella, si no, ya sería demasiado tarde.»

Todos los temas de conversación giraban en torno a lo mismo. Las miradas eran discretas y las voces quedaban en susurros, pero solo dentro de sus mesas.

«Señorita Alana, gracias por venir a nuestra boda.» La voz, dulce y encantadora, la sacó de sus recuerdos. Un rostro pequeño, iluminado por una sonrisa, saludaba a Alana.

En contraste con la expresión radiante de Cecil, Albert giró la cabeza hacia Alana con sorpresa, y luego frunció el ceño. Era como si no se hubiera dado cuenta de que ella había estado allí durante toda la ceremonia hasta que la novia la mencionó. Aunque su asiento estaba bastante lejos del altar.

«¿Qué haces aquí?» Tenía el rostro tenso y las cejas fruncidas, el tono agresivo y la mirada dura. Esa expresión que Alana conocía tan bien, tanto en esta vida como en la anterior.

«Asistir a una boda.» Respondió lo obvio, y logró irritarlo.

«Vamos a buscar un lugar para hablar.» Albert apretó los dientes y empezó a dirigirse a la mesa de Alana. Al mismo tiempo, Cecil se aferró a su brazo de repente, intentando detenerlo. No estaban muy lejos de Alana.

El rostro de Cecil cambió al instante, de felicidad a una expresión parecida a la de un cachorro abandonado. «Albert…»

Albert se detuvo en seco y miró a Cecil. Esa expresión suya siempre le quitaba las ganas de llevarle la contraria, pero necesitaba hablar con Alana en ese mismo instante

“Espérame tantito, bebé. Necesito hablar con ella ahora.” La tranquilizó Albert, obligándose a no mirarla de nuevo mientras se armaba de valor y se dirigía hacia Alana. Cuando llegó a su mesa, intentó agarrarla del brazo con brusquedad para llevarla a otro lado, pero ella se apartó

“Hablemos aquí.” Murmuró sin emoción y añadió con sarcasmo: “Mira la carita de tu princesa, toda disgustada. Todavía está esperando a que su príncipe azul regrese. No vaya a ser que piense que tú y yo tenemos algo.”

“Bien, si eso quieres.” La voz de Albert sonó tensa. Retrocedió unos pasos

Para entonces, Cecil ya había llegado a la mesa. Uno de sus brazos volvió a rodear a Albert con cariño, como si la pequeña escena anterior no hubiera significado nada

“¿Qué haces aquí? ¿Cómo lograste entrar?” comenzó Albert a interrogarla. Esta vez no hizo ningún esfuerzo por bajar la voz, así que algunas personas cercanas escucharon. Varias se quedaron boquiabiertas al oír la noticia

Cecil llevó una mano a su boca entreabierta y soltó un jadeo. “Cariño, pensé que tú la habías invitado.”

“Yo no la invité. Jamás permitiría que nada arruinara nuestra boda.” Albert frotó la espalda de Cecil para tranquilizarla. Frunció el ceño y volvió a clavar la mirada, fría y cortante, en Alana. “Responde.”

Algunos comenzaron a murmurar que quizá ella había sobornado a los de seguridad para hacer un escándalo en la boda. Con la influencia de su familia, era perfectamente posible

“Es preocupante que, aunque todavía eres joven…” Alana frunció el ceño y rodó los ojos. “Ya se te olvidó que fuiste tú quien me mandó una invitación.”

A la entrada nadie la había detenido. Al contrario, hasta le habían abierto paso, mirándola como si fuera un animal raro en exhibición. Incluso había confirmado su nombre en la lista de invitados

“¿Por qué te invitaría?” Albert casi no pudo contener la furia. “¿Para que arruines el día más importante de nuestras vidas?”

“Eso mismo me pregunto yo. Además, nunca dije que tuvieras que ser tú quien la enviara, señor Harris.” Replicó sin miedo. Qué truco tan barato para ponerla como la villana. Aunque revisaran la lista otra vez, estaba segura de que su nombre ya no aparecería

Alana se puso de pie y sacó algo de su pequeña bolsa. Con un movimiento rápido, lanzó el objeto hacia ellos, que cayó a sus pies

Todos tenían la mirada puesta en ella, así que nadie se dio cuenta del nuevo personaje que acababa de entrar. Lilah Adams—actriz, igual que Cecil—alzó un vaso de agua en la mano y, un instante después, todos vieron a Alana empapada, bajo la mirada atónita de los presentes.